MI HISTORIA EN VALLE ALTO: Manuel Muñoz, agricultor de Cuncumén

Cuando Manuel Antonio Muñoz Flores (90) recuerda los días de su juventud, jamás imaginó que en algún momento de su vida sería dueño de la tierra que por tantos años trabajó. Siempre pensó que la Hacienda de Cuncumén se mantendría en el tiempo y cuando comenzaron los rumores de lo que sería la Reforma Agraria, no creyó hasta que se concretó el traspaso a su nombre de la tierra que regaba desde pequeño como peón del fundo.

 

Don Manuel nunca conoció a su madre porque falleció durante el parto en la localidad de Huanque, frente al Señor de La Tierra, en la comuna de Salamanca. Entonces su padre lo trajo a Cuncumén envuelto en mantillas, buscando un lugar donde arrendar. Cuando tenía 14 años, él murió. El rigor de esos tiempos no le permitió estudiar, pero su escuela fueron los campos de la zona. Desde pequeño trabajó cuidando cabras y cosechando porotos, trigo, maíz y zapallo. “Había que respetar al patrón”, rememora sobre una época en que toda el área era criancera. “Yo no dejé potrero que no regué aquí en el fundo. Trabajaba mucho pero comía muy bien. Me crie al lado del fondo de comida”, comenta mientras larga una carcajada recordando su niñez.

Se demoraba casi tres horas en llegar a casa caminando todos los días: “me tiritaban las piernas al pasar la Quebrada del Manzano”, que en ese entonces venía con mucha agua. “El reloj que tenía era el lucero. Cuando saltaba en la mañana, me levantaba y me venía para abajo a trabajar. Eran caminitos de cabras no más, unas huellas. Nos pegábamos puros costalazos porque se nos resbalaban las chalas”, recuerda.

 

Cumplió con el servicio militar en Arica, pero luego retomó su trabajo en el fundo. Seguía concentrado en eso cuando conoció a su esposa, Amira Chávez, mientras ella cuidaba las cabras de su familia. Tuvieron 11 hijos a los que sí envió a estudiar.

 

Según recuerda, en El Chacay había un río del que si tomaban agua, después les dolía el estómago. Esa fue la manera en que supo que había minerales en la zona, ya que las piedras eran de color verde.

 

Cuando le tocó recibir su campo, la tierra no era muy buena, pero con los años y el temporal del año ’87 mejoró considerablemente. Hoy tiene nogales y parras que cuidan sus hijos. Se mantiene activo en el club del adulto mayor de Cuncumén y como socio de Capel. Echa de menos a su esposa, y a los hijos que ya han partido, pero hoy disfruta los cuidados de su hija Mónica. Aunque su vista ya no es la misma, don Manuel sale a caminar por el sitio donde vive. Ahí, en medio de la alfalfa, sigue recordando sus años como peón, con el orgullo de que hoy ya no tiene patrón a quien rendirle cuentas y que sus tierras siguen dando buenas cosechas.

Publicado en el boletín de marzo de 2019

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