MI HISTORIA EN VALLE ALTO Pedro Álvarez, criancero y protector de las veranadas

Para encontrar a Pedro Álvarez es necesario seguir el camino de tierra por la ribera del río Tencadán hasta llegar a una de las últimas casas del sector poblado, en plena precordillera de Cuncumén. En esa zona no hay señal de celular y mucho menos energía eléctrica, pero eso no lo complica. Él vive tranquilo junto a  su señora y sus tres hijos que de vez en cuando los visitan. Para los meses en que no está en la cordillera con sus animales, usa un panel solar que le permite tener luz y ver televisión por algunas horas.

A sus 65 años es uno de los pocos chilenos que mantiene viva la tradición ancestral de las veranadas o trashumancia como también se le llama. Aquella donde decenas de crianceros pasan la temporada de verano en la Cordillera de Los Andes para alimentar a sus cabras, las mismas que producen el apetecido queso y que finalmente le han permitido mantener a su familia durante casi treinta años.

Cuando sus hijos estaban pequeños tuvo que emigrar al norte en busca de trabajo en las faenas mineras. Al poco tiempo regresó para dedicarse a la agricultura en una época en que podía obtener buen precio si salía a vender sus porotos a otras ciudades. Cuando el negocio dejó de ser rentable, empezó criar cabras. Partió con seis y hoy su ganado supera las trescientas cabezas de caprinos.

Pedro Álvarez le dedica ocho meses del año a la producción de queso de cabra, hasta que comienza el periodo de cruza para la reproducción. “Nosotros tenemos que trabajar con inteligencia. Ser económicos. Si sé que estoy ganando plata en el verano, ahí tengo que acordarme que después el ganado no me va a dar y tengo que dejar dinero para que me vaya bien todo el año”, explica este criancero sobre el sistema que tiene para mantener su negocio, el que también incluye la plantación de alfalfa para alimentar a sus animales durante el invierno.

Desde el 15 de diciembre y hasta el 15 de abril de cada año don Pedro sube a la cordillera para pastar en terrenos de Minera Los Pelambres. “Fue un compromiso que se hizo con la minera de que mientras existiera, los campos que no iba a ocupar se los iba a ceder a Cuncumén para que pudiera mantener al ganado mayor y menor. Del tiempo que se está haciendo esto no hemos tenido problemas y cada año subimos nuestro ganado a esa zona asignada”, señala.

Esta actividad cuenta con la colaboración del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), en temas de control sanitario tanto para el ganado que sale del país, como para el que entra. Capataces de Campo pertenecientes a la Compañía, son los encargados de proteger las zonas de incendios y mantenerla libre de cualquier tipo de basura. “La ventaja que tenemos nosotros es que la minera nos está dando el campo, y hay que ser ordenados. Si ellos piden recoger la basura es súper bueno porque así los animales no comen lo que no deben comer y evitar agarrarse alguna enfermedad”, comenta.

Aunque le encanta su trabajo y las subidas a la cordillera, Pedro Álvarez ya piensa en el retiro: “Subir no es sacrificado, pero uno con el tiempo se va agotando y para cargar los quesos y todas las cosas se necesita fuerza. Se tienen que levantar 70 kilos para tirar arriba de un macho así que se requiere gente joven”. Su próximo proyecto es dedicarse a la plantación de nogales y lograr que uno de sus hijos continúe como criancero, con la esperanza que no desaparezca esta valiosa tradición de la cordillera de Cuncumén.

Pedro Álvarez en la cordillera

Publicado en el boletín de abril 2018

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